jueves, 12 de abril de 2018

-CUARTA SESIÓN

Narrador externo omnisciente.

Te animo a leer a continuación el siguiente maravilloso relato de Philip Roth y luego hablamos:

LA CONVERSIÓN DE LOS JUDÍOS

Por Philip Roth

—A quién se le ocurre abrir la boca, para empezar —dijo Itzie—. ¿Por qué siempre tienes que abrir la boca?
—Yo no saqué el tema, Itz, no lo hice —dijo Ozzie.
—De todos modos, ¿a ti qué más te da Jesucristo?
—Yo no saqué el tema de Jesucristo. Fue él. Yo ni siquiera sabía de qué me hablaba. Jesús es una figura histórica, decía una y otra vez. Jesús es una figura histórica. —Ozzie imitó la voz monumental del rabino Binder—. Jesús fue una persona que vivió como tú y como yo —continuó Ozzie—. Es lo que dijo Binder…
—¿Ah, sí? ¡Y qué! A mí qué me va en lo que viviera o dejara de vivir. ¡¿Y por qué tienes que abrir la boca?!
Itzie Lieberman estaba a favor de mantener la boca cerrada, sobre todo en relación a las preguntas de Ozzie Freedman. La señora Freedman ya había tenido que verse en dos ocasiones con el rabino Binder por las preguntas de Ozzie y este miércoles a las cuatro y media sería la tercera. Itzie prefería mantener a su madre en la cocina; él optaba por las sutilezas por la espalda tales como gestos, muecas, gruñidos y otros ruidos de corral menos delicados.
—Jesús fue una persona normal, pero no fue como Dios y nosotros no creemos que sea Dios. —Poco a poco, Ozzie le explicaba la postura del rabino Binder a Itzie, que no había asistido a la escuela hebrea la tarde anterior.
—Los católicos —intervino Itzie amablemente— creen en Jesucristo, creen que es Dios. —Itzie Lieberman empleaba la expresión “los católicos” en su sentido más amplio, para incluir a los protestantes.
Ozzie recibió la observación de Itzie con una ligera inclinación de la cabeza, como si se tratara de una nota al pie, y continuó.
—Su madre fue María y su padre, probablemente, José. Pero el Nuevo Testamento dice que su verdadero padre es Dios.
—¿Su verdadero padre?
—Sí. Ésa es la cuestión, se supone que su padre fue Dios.
—Tonterías.
—Lo mismo dice el rabino Binder, que es imposible…
—Pues claro que es imposible. Todo eso son tonterías. Para tener un hijo tienes que tener relaciones —teologizó Itzie—. María tuvo que tener relaciones.
—Es lo que dice Binder: “La única manera de que una mujer conciba es mantener relaciones sexuales con un hombre”.
—¿Dijo eso, Ozz? —Por un momento pareció que Itzie dejaba de lado la cuestión teológica—. ¿Dijo eso, "relaciones sexuales"? —Una sonrisita ondulada se formó en la mitad inferior del rostro de Itzie como un mostacho blanco—. ¿Y vosotros qué hicisteis, Ozz? ¿Os reísteis o algo?
—Levanté la mano.
—¿Sí? ¿Qué dijiste?
—Entonces le hice una pregunta.
A Itzie se le iluminó la cara.
—¿Sobre qué? ¿Las relaciones sexuales?
—No. Le pregunté sobre Dios, sobre cómo si había sido capaz de crear el cielo y la tierra en seis días, y todos los animales y los peces y la luz en seis días (sobre todo la luz, esto siempre me sorprende, que creara la luz). Crear animales y los peces, eso está muy bien…
—Está más que bien. —La apreciación de Itzie era honesta, pero carente de imaginación: como si Dios hubiera colado una pelota directa.
—Pero crear la luz… O sea, si lo piensas, es muy fuerte. En fin, le pregunté a Binder que si Dios había podido hacer todo eso en seis días, y había podido elegir los seis días que quiso de la nada, por qué no iba a poder permitir que una mujer tuviera un hijo sin mantener relaciones sexuales.
—¿Dijiste relaciones sexuales, Ozz? ¿A Binder?
—Sí.
—¿En medio de la clase?
—Sí.
Itzie se dio un manotazo en un lado de la cabeza.
—En serio, no es broma —dijo Ozzie—, eso no fue nada. Después de todo lo demás, eso no fue nada.
Itzie lo consideró un instante.
—¿Qué dijo Binder?
—Volvió a empezar con la explicación de que Jesús era una figura histórica y que vivió como tú y como yo pero que no era Dios. De modo que le dije que eso ya lo había entendido. Que lo que yo quería saber era otra cosa. —Lo que Ozzie quería saber siempre era otra cosa. La primera vez había querido saber cómo podía el rabino Binder llamar a los judíos “el pueblo elegido” si la Declaración de Independencia aseguraba que todos los hombres habían sido creados iguales. El rabino Binder intentó hacerle ver la distinción entre igualdad política y legitimidad espiritual, pero lo que Ozzie quería saber, insistió con vehemencia, era otra cosa. Ésa fue la primera vez que su madre tuvo que visitar al rabino. Luego vino el accidente aéreo. Cincuenta y ocho personas murieron en un accidente de avión en La Guardia. Al repasar la lista de bajas en el diario, la madre de Ozzie había descubierto ocho apellidos judíos entre los muertos (su abuela sumó nueve pero contaba Millar como apellido judío); debido a estos ocho su madre dijo que el accidente era “una tragedia”. Durante el debate de tema libre de los miércoles Ozzie había llamado la atención del rabino Binder sobre esta cuestión de que “algunos de sus parientes” siempre estuvieran buscando los apellidos judíos. El rabino Binder había empezado a explicar la unidad cultural y demás cosas cuando Ozzie se levantó y dijo desde su sitio que lo que él quería saber era otra cosa. El rabino Binder insistió en que se sentara y entonces Ozzie gritó que ojalá los cincuenta y ocho hubieran sido todos judíos. Esa fue la segunda vez que su madre visitó al rabino—.Y siguió explicando que Jesús fue una figura histórica, así que yo seguí preguntándole lo mismo. En serio, Itz, intentaba hacerme quedar como un estúpido.
—¿Y al final qué hizo?
—Al final se puso a gritar que me hacía el tonto a propósito y me creía muy listo y que viniera mi madre y que sería la última vez. Y que si dependiese de él yo nunca celebraría el bar-mitzvah. Entonces, Itz, empezó a hablar con esa voz de estatua, muy lenta y profunda, y me dijo que mejor que meditara lo que le había dicho sobre el Señor. Me mandó a su despacho a pensármelo —Ozzie se inclinó hacia Itzie—. Itz, estuve pensando durante una hora interminable y ahora estoy convencido de que Dios pudo hacerlo.

Ozzie había planeado confesar su última transgresión a su madre en cuanto ésta llegara a casa del trabajo. Pero era un viernes por la noche de noviembre y ya había oscurecido, y cuando la señora Freedman cruzó la puerta de casa, se quitó el abrigo, dio un beso rápido a Ozzie en la mejilla y se dirigió a la cocina para encender las tres velas amarillas, dos por el sabbat y una por el padre de Ozzie.
Cuando su madre encendiera las velas se llevaría lentamente los brazos contra el pecho, arrastrándolos por el aire como para persuadir a las gentes de mente indecisa. Y las lágrimas anegarían sus ojos. Ozzie recordaba que los ojos de su madre se habían llenado de lágrimas incluso en vida su padre, así que no tenía nada que ver con la muerte del esposo. Tenía que ver con encender las velas.
Mientras su madre acercaba una cerilla encendida a la mecha apagada de una vela de sabbat sonó el teléfono y Ozzie, que estaba al lado, levantó el auricular y amortiguó el ruido apoyándoselo en el pecho. Tenía la impresión de que no debía oírse ningún ruido cuando su madre encendía las velas, hasta la respiración, si sabías hacerlo, debía suavizarse. Ozzie apretó el auricular contra el pecho y contempló a su madre arrastrar lo que fuera que arrastraba y sintió que también sus ojos se llenaban de lágrimas. Su madre era un pingüino de pelo canoso, cansado y rechoncho cuya piel gris había empezado a sentir la fuerza de la gravedad y el peso de su propia historia. Ni siquiera cuando se arreglaba tenía aspecto de una elegida. Pero cuando encendía las velas tenía mejor aspecto, como el de una mujer que supiera, por un momento, que Dios podía hacer cualquier cosa.
Al cabo de unos minutos misteriosos acabó. Ozzie colgó el teléfono y se acercó a la mesa de la cocina, donde su madre había empezado a preparar los dos servicios para la comida de cuatro platos del sabbat. Le dijo que tenía que ver al rabino Binder el miércoles siguiente a las cuatro y media y luego le explicó por qué. Por primera vez en su vida en común, su madre le cruzó la cara de un bofetón.
Durante el hígado y la sopa Ozzie no paró de llorar; no le quedaba apetito para el resto.


El miércoles, en el aula más grande del sótano de la sinagoga, el rabino Marvin Binder, un hombre de treinta años, alto, guapo, de espalda ancha y pelo negro y fuerte, se sacó el reloj del bolsillo y vio que eran las cuatro. Al fondo de la sala, Yakov Blotnik, el cuidador de setenta años, limpiaba lentamente el ventanal, murmurando por lo bajo, sin saber si eran las cuatro o las seis, lunes o miércoles. Para la mayoría de los estudiantes, los murmullos de Yakov Blotnik, junto con su barba castaña y rizada, la nariz aguileña y los gatos negros que siempre iban pisándole los talones, lo convertían en una maravilla, un extranjero, una reliquia, hacia quien mostrar alternativamente miedo o irreverencia. A Ozzie los murmullos siempre le habían parecido una curiosa y monótona oración; curiosa porque el viejo Blonik llevaba murmurando sin parar tantos años que Ozzie sospechaba que el viejo había memorizado las oraciones y se había olvidado de Dios.
—Hora de debate —anunció el rabino Binder—. Sois libres para hablar sobre cualquier cuestión judía: religión, familia, política, deporte…
Se hizo el silencio. Era una tarde de noviembre ventosa y nublada y no parecía que existiera ni pudiera existir algo llamado béisbol. Así que esta semana nadie dijo nada acerca de aquel héroe del pasado, Hank Greenberg, cosa que limitaba considerablemente los temas de debate.
Y la paliza espiritual que Ozzie Freedman acababa de recibir del rabino Binder había impuesto sus límites. Cuando llegó el turno de que Ozzie leyera del libro de hebreo, el rabino le preguntó enfurruñado por qué no leía más deprisa. Ozzie no progresaba. Ozzie dijo que podía leer más rápido pero que si lo hacía estaba seguro de que no entendería lo que leía. No obstante, ante la insistencia del rabino, lo intentó y demostró gran talento pero en mitad de un pasaje largo se paró en seco y dijo que no entendía ni una palabra de lo que leía y volvió a empezar a ritmo de tortuga. Entonces recibió la paliza espiritual.
En consecuencia, cuando llegó la hora del debate, ninguno de los estudiantes se sentía demasiado libre para opinar. Sólo el murmullo del viejo Blotnik respondió a la invitación del rabino.
—¿Hay algo que os gustaría debatir? —volvió a preguntar el rabino Binder mirándose el reloj—. ¿Alguna pregunta? ¿Algún comentario?
Se oyó una tímida queja en la tercera fila. El rabino pidió a Ozzie que se levantara y compartiera sus pensamientos con el resto de la clase.
Ozzie se levantó.
—Se me ha olvidado —dijo, y se sentó en su sitio.
El rabino Binder se aproximó un asiento más a Ozzie y se apoyó en el borde del pupitre. Era la mesa de Itzie y la figura del rabino a un palmo de su cara le obligó de golpe a prestar atención.
—Vuelve a levantarte, Oscar —dijo el rabino Binder con calma—, y trata de ordenar tus ideas.
Ozzie se levantó. Todos los compañeros de clase se volvieron y le observaron rascarse la frente sin convencimiento.
—No se me ocurre nada —anunció, y se dejó caer en el asiento.
—¡Levántate! —el rabino Binder se adelantó desde el pupitre de Itzie al que quedaba justo enfrente de Ozzie; cuando la espalda rabínica lo dejó atrás, Itzie se llevó la mano a la nariz para burlarse de él, provocando las risitas ahogadas de la sala. El rabino Binder estaba demasiado ocupado en sofocar las tonterías de Ozzie de una vez por todas para preocuparse de las risitas—. Levántate, Oscar. ¿Sobre qué querías preguntarme?
Ozzie eligió una palabra al azar. La que le quedaba más cerca.
—Religión.
—Vaya, ¿ahora sí te acuerdas?
—Sí.
—¿Cuál es la pregunta?
Atrapado, Ozzie escupió lo primero que se lo ocurrió.
—¿Por qué Dios no puede hacer lo que se le antoja?
Mientras el rabino Binder se preparaba una respuesta, una respuesta definitiva, Itzie, tres metros por detrás de él, levantó un dedo de la mano izquierda, lo movió con gesto harto significativo hacia la espalda del rabino y casi consiguió que la clase entera se viniera abajo.
El rabino se volvió rápidamente para ver qué había ocurrido y en mitad de la conmoción Ozzie le gritó a la espalda lo que no le habría dicho a la cara. Fue un sonido monótono y fuerte con el timbre de algo que llevaba guardado desde hacía unos seis días.
—¡No lo sabe! ¡No sabe nada sobre Dios!
El rabino se volvió de nuevo hacia Ozzie.
—¿Qué?
—No lo sabe…, no sabe…
—Discúlpate, Oscar, ¡discúlpate! —Era una amenaza.
—No sabe… —La mano del rabino golpeó la mejilla de Ozzie. Quizá sólo pretendiera cerrarle la boca al chico, pero Ozzie se agachó y la palma le dio de lleno en la nariz. Un chorro de sangre rojo y breve cayó en la pechera de Ozzie. Siguió un momento de confusión generalizada. Ozzi gritó:— ¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta!”. —Y salió corriendo de la clase. El rabino Binder se tambaleó hacia atrás, como si la sangre hubiera empezado a circularle con fuerza en sentido contrario, luego dio un paso torpe hacia delante, y salió en pos de Ozzie. La clase siguió la enorme espalda con traje azul del rabino y antes de que el viejo Blotnik tuviera tiempo de darse la vuelta, la sala estaba vacía y todo el mundo subía a toda velocidad los tres pisos que conducían al tejado.


Si comparásemos la luz del día con la vida del hombre: el amanecer con el nacimiento y el crepúsculo —la desaparición por el horizonte— con la muerte, entonces, cuando Ozzie Freedman se coló por la trampilla del tejado de la sinagoga, coceando como un potro los brazos extendidos del rabino Binder, en ese momento el día tenía cincuenta años de edad. Como regla general, cincuenta o cincuenta y cinco refleja fielmente la edad de las tardes de noviembre puesto que es en ese mes, en esas horas, cuando la percepción de la luz no parece ya una cuestión de visión sino de oído: la luz se aleja chasqueando. De hecho, cuando Ozzie cerró la trampilla en las narices del rabino, el agudo chasquido del cerrojo se podría haber confundido por un momento con el sonido de un gris más denso que acababa de cruzar zumbando el cielo.
Ozzie se arrodilló cargando todo su peso sobre la puerta cerrada; estaba convencido de que en cualquier momento el rabino la abriría con el hombro, convertiría la madera en astilla y la catapultaría hacia el cielo. Pero la puerta no se movió y lo único que oyó por debajo de él fueron pies que se arrastraban, primero pasos fuertes y luego débiles, como un trueno al alejarse.
Una pregunta le vino repentinamente a la cabeza. “¿Es posible que éste sea yo?”. No era una pregunta fuera de lugar para un niño de trece años que acaba de calificar a su líder religioso de hijo de puta, dos veces. La pregunta se la repetía cada vez más fuerte —“¿Soy yo? ¿Soy yo?”— hasta que descubrió que ya no estaba arrodillado, sino que corría como un loco hacia el borde del tejado; le lloraban los ojos, su garganta chillaba y los brazos se le agitaban en todas direcciones como si no le pertenecieran.
“¿Soy yo? ¡Soy yo YO YO YO YO! Tengo que serlo… pero ¿lo soy?”.
Es la pregunta que un ladrón debe plantearse la noche que fuerza su primera ventana, y se dice que es la pregunta con que los novios se interrogan ante el altar.
En los pocos segundos de locura que le llevó al cuerpo de Ozzie propulsarlo hasta el borde del tejado, su autoexamen empezó a volverse confuso. Al bajar la vista hacia la calle comenzó a hacerse un lío con el problema que subyacía a la pregunta: ¿era-soy-yo-el-que-llamó-hijo-de-puta-a-Binder o soy-yo-el-que-brinca-por-el-tejado? Sin embargo, la escena de abajo lo aclaró todo, porque hay un instante en toda acción en que si eres tú o algún otro es una cuestión meramente teórica. El ladrón se embute el dinero en los bolsillos y sale pitando por la ventana. El novio firma por dos en el registro del hotel. Y el chico del tejado se encuentra una calle llena de gente que lo mira, con los cuellos estirados hacia atrás, los rostros levantados, como si él fuera el techo del planetario Hayden. De repente sabes que eres tú.
—¡Oscar! ¡Oscar Freedman! —Una voz se elevó desde el centro del gentío, una voz que, de haberse visto, se habría parecido a la escritura de los pergaminos—. ¡Oscar Freedman, baja de ahí! ¡Inmediatamente! —El rabino Binder le señalaba con un brazo rígido y al final de dicho brazo, un dedo le apuntaba amenazador. Era la actitud de un dictador, pero uno (los ojos lo confesaban todo) a quien el ayuda de cámara le había escupido en la cara.
Ozzie no contestó. Sólo miró al rabino Binder lo que dura un parpadeo. En cambio sus ojos comenzaron a encajar las piezas del mundo de abajo, a separar personas de lugares, amigos de enemigos, participantes de espectadores. Sus amigos rodeaban al rabino Binder, que seguía señalando, en grupitos irregulares parecidos a estrellas. El punto más alto de una de aquellas estrellas compuestas por niños en vez de ángeles era Itzie. Menudo mundo, con todas aquellas estrellas allá abajo y el rabino Binder… Ozzie, que un momento antes no había sido capaz de controlar su propio cuerpo, empezó a intuir el significado del control mundial: sintió paz y sintió poder.
—Oscar Freedman, cuento hasta tres y te quiero abajo.
Pocos dictadores cuentan hasta tres para que sus sometidos hagan algo; pero, como siempre, el rabino Binder sólo parecía dictatorial.
—¿Listo, Oscar?
Ozzie dijo que sí con la cabeza, aunque no tenía la menor intención en este mundo —ni en el de abajo, ni en el celestial al que acababa de acceder— de bajar, ni siquiera si el rabino Binder contaba hasta un millón.
—Muy bien —dijo el rabino Binder. Se pasó una mano por su pelo negro de Sansón como si tal fuera el gesto prescrito para pronunciar el primer dígito. Luego, cortando un círculo en el cielo con la otra mano, habló:— ¡Uno!
No se oyó ningún trueno. Al contrario, en ese momento, como si “uno” fuera la entrada que había estado esperando, la persona menos atronadora del mundo apareció en la escalinata de la sinagoga. Más que salir por la puerta de la sinagoga, se asomó a la oscuridad exterior. Agarró el pomo de la puerta con una mano y levantó la vista hacia el tejado.
—¡Oy!
La vieja mente de Yakov Blotnik se movía con lentitud, como si llevara muletas, y aunque no lograba precisar qué hacía el chico en el tejado, sabía que no era nada bueno, es decir, no-era-bueno-para-los-judíos. Para Yakov Blotnik la vida se dividía de forma simple: las cosas eran buenas-para-los-judíos o no-buenas-para-los-judíos.
El viejo se palmeó la mejilla chupada con la mano libre, con suavidad. “¡Oy, Gut!” Y luego, tan rápido como pudo, bajó la cabeza y escudriñó la calle. Estaba el rabino Binder (como un hombre en una subasta con sólo tres mil dólares en el bolsillo, acababa de pronunciar un tembloroso “¡Dos!”), estaban los estudiantes y poco más. De momento no-era-demasiado-malo-para-los-judíos. Pero el chico tenía que bajar inmediatamente, antes de que alguien lo viera. El problema: ¿cómo bajar al chico del tejado?
Cualquiera que haya tenido alguna vez un gato en el tejado sabe cómo bajarlo. Llamas a los bomberos. O primero llamas a la operadora y le preguntas por el número de los bomberos. Y después sigue un gran lío de frenazos y campanas y gritos de instrucciones. Y luego el gato está fuera del tejado. Para sacar a un chico del tejado haces lo mismo.
Es decir, haces lo mismo si eres Yakov Blotnik y una vez tuviste un gato en el tejado.


Cuando llegaron los coches de bomberos, cuatro en total, el rabino Binder había contado cuatro veces hasta tres para Ozzie. Mientras el camión grúa daba la vuelta a la esquina, uno de los bomberos saltó en marcha y se lanzó de cabeza hacia la boca de incendios amarilla de delante de la sinagoga. Empezó a desenroscar la tobera superior con una llave inglesa enorme. El rabino Binder se le acercó corriendo y le tiró del hombro.
—No hay ningún fuego…
El bombero farfulló algo por encima del hombro y siguió manipulando la tobera acaloradamente.
—Pero si no hay fuego, no hay ningún fuego… —gritó Binder.
Cuando el bombero farfulló otra vez el rabino le asió la cabeza con ambas manos y la apuntó hacia el tejado.
A Ozzie le pareció que el rabino Binder intentaba arrancarle la cabeza al bombero, como si descorchara una botella. No pudo evitar reírse ante la estampa que formaban: era un retrato de familia, rabino con solideo negro, bombero con casco rojo y la pequeña boca de agua agachada a un lado como un hermano menor, con la cabeza descubierta. Desde el borde del tejado Ozzie saludó al retrato, agitando una mano con sorna; al hacerlo se le resbaló el pie derecho. El rabino Binder se cubrió los ojos con las manos.
Los bomberos trabajaban rápido. Antes de que Ozzie hubiera recuperado el equilibrio ya sostenían una gran red amarillenta y redonda sobre el césped de la sinagoga. Los bomberos que la aguantaban miraron a Ozzie con expresión severa, insensible.
Uno de los bomberos volvió la cabeza hacia el rabino Binder.
—¿Qué le pasa al chico? ¿Está loco o algo así?
El rabino Binder se retiró las manos de los ojos, despacio, dolorido, como si fueran esparadrapo. Luego comprobó: nada en la acera, ningún bulto en la red.
—¿Va a saltar o qué? —gritó el bombero.
Con una voz que en nada recordaba a una estatua, el rabino Binder contestó por fin.
—Sí, sí, creo que sí… Ha amenazado con saltar…
¿Amenazar con saltar? Bueno, la razón por la que estaba en el tejado, recordaba Ozzie, era escapar; ni siquiera se le había ocurrido lo de saltar. Solamente había escapado corriendo y la verdad era que en realidad no se había dirigido hacia el tejado, más bien lo habían empujado hasta allí sus perseguidores.
—¿Cómo se llama el chico?
—Freedman —contestó el rabino Binder—. Oscar Freedman.
El bombero miró a Ozzie.
—¿Qué te ocurre, Oscar? ¿Es que quieres saltar?
Ozzie no contestó. Francamente, antes ni lo había pensado.
—Mira, Oscar, si vas a saltar, salta… y si no vas a saltar, no saltes. Pero no nos hagas perder el tiempo, ¿quieres?
Ozzie miró al bombero y luego al rabino Binder. Quería ver al rabino Binder cubriéndose los ojos otra vez.
—Voy a saltar.
Y correteó por el borde del tejado hasta la punta, donde no le esperaba ninguna red más abajo, y batió los brazos a los lados, haciéndolos silbar en el aire y palmeándose los pantalones para acentuar el compás. Empezó a gritar como un motor, “Uiii… uiiii…” y a asomar la mitad superior del cuerpo por el borde del tejado. Los bomberos iban de un lado para otro intentando cubrir el suelo con la red. El rabino Binder le murmuró unas palabras a alguien y se cubrió los ojos. Todo ocurrió muy rápido, entrecortadamente, como en una película muda. La muchedumbre, que había llegado con los coches de los bomberos, emitió un largo oooh-aaah de fuegos artificiales del Cuatro de julio. Con los nervios nadie le había prestado demasiada atención al gentío salvo, por supuesto, Yakov Blotnik, que contaba cabezas colgando del pomo. “Fier und tsvansik… finf und tsvantsik… Oy, Gut!” No era como con el gato.
El rabino Binder oteó entre los dedos, comprobó la acera y la red. Vacías. Pero allí estaba Ozzie corriendo hasta la otra punta. Los bomberos corrían con él pero no lograban igualarlo. Ozzie podía saltar y aplastarse contra el suelo cuando quisiera y para cuando los bomberos salieran pitando hacia allá, lo único que podrían hacer con la red sería cubrir el revoltijo.
—Uiii… uiiii…
—Eh, Oscar…
Pero Oscar ya había salido hacia la otra punta, blandiendo sus alas con fuerza. El rabino Binder no podía soportarlo más: los bomberos salidos de ninguna parte, el niño suicida gritón, la red. Cayó de rodillas, exhausto, y con las manos recogidas delante del pecho como una pequeña cúpula, rogó:
—Oscar, detente, Oscar. No saltes, Oscar. Baja, por favor… Por favor, no saltes.
Y desde el fondo de la muchedumbre una voz, una voz joven, gritó una única palabra al chico del tejado.
—¡Salta!
Era Itzie. Ozzie dejó de aletear un momento.
—Adelante, Ozz: ¡salta! —Itzie rompió la punta de la estrella y valerosamente, con la inspiración no de un listillo sino de un discípulo, se desmarcó—. ¡Salta, Ozz, salta!
Todavía de rodillas, con las manos aún recogidas, el rabino Binder se retorció hacia atrás. Miró a Itzie y luego, agonizante, otra vez a Ozzie.
—¡Oscar, no saltes! Por favor, no saltes… por favor, por favor…
—¡Salta! —Esta vez no fue Itzie, sino otra punta de la estrella. Para cuando la señora Freedman llegó a su cita de las cuatro y media con el rabino Binder, todo el pequeño cielo patas arriba le gritaba y le rogaba a Oscar que saltara y el rabino Binder ya no le suplicaba que no saltara, sino que lloraba en la cúpula de sus manos.

Como es comprensible, la señora Freedman no lograba imaginar qué hacía su hijo en el tejado. Así que lo preguntó.
—Ozzie, Ozzie mío, ¿qué haces? Ozzie mío, ¿qué ocurre?
Ozzie dejó de gritar y aminoró el aleteo de los brazos hasta una velocidad de crucero, del tipo que los pájaros adoptan con los vientos suaves, pero no contestó. Se quedó de pie contra el cielo bajo, nublado y cada vez más oscuro —ahora la luz chasqueaba rápidamente, como un motor pequeño—, aleteando suavemente y contemplando a aquel pequeño fardo que era su madre.
—¿Qué estás haciendo, Ozzie? —La señora Freedman se volvió hacia el rabino arrodillado y se acercó tanto que entre su estómago y los hombros de Binder sólo quedó una tira de anochecer del grosor de una hoja de papel—. ¿Qué está haciendo mi niño?
El rabino Binder la miró pero también él enmudeció. Lo único que movía era la cúpula de sus manos; la sacudía adelante y atrás como un pulso débil.
—Rabino, ¡bájelo de ahí! Se matará. Bájelo, mi único niño…
—No puedo —dijo el rabino Binder—, no puedo… —Y volvió su hermosa cabeza hacia la muchedumbre de niños detrás de él—. Son ellos. Escúchelos.
Y por primera vez la señora Freedman vio a la muchedumbre de niños y oyó lo que bramaban.
—Lo hace por ellos. A mí no me escuchará. Son ellos. —El rabino Binder hablaba como si estuviera en trance.
—¿Por ellos?
—Sí.
—¿Por qué por ellos?
—Ellos quieren que él…
La señora Freedman alzó ambos brazos como si dirigiera el cielo.
—¡Lo hace por ellos! —Y luego, en un gesto más viejo que las pirámides, más viejo que los profetas y los diluvios, dejó caer los brazos a los lados—. Tengo un mártir. ¡Mire! —Ladeó la cabeza hacia el tejado. Ozzie seguía aleteando suavemente—. Mi mártir.
—Oscar, baja, por favor. —gimió el rabino Binder.
Con una voz sorprendentemente inalterada, la señora Freedman llamó al chico del tejado.
—Ozzie, baja, Ozzie. No seas un mártir, mi niño.
Como si de una letanía se tratara, el rabino Binder repitió sus palabras:
—No seas un mártir, mi niño. No seas un mártir.
—Adelante, Ozz: ¡sé un Martin! —Era Itzie—. Sé un Martin, sé un Martin. Y todas las voces se unieron en el canto por el martinio, fuera lo que fuera—. Sé un Martin, sé un Martin…

Por alguna razón cuando estás en un tejado cuanto más oscurece menos oyes. Ozzie solamente sabía que dos grupos querían dos cosas nuevas: sus amigos se mostraban musicales y enérgicos en su petición; su madre y el rabino salmodiaban monótonamente lo que no querían. La voz del rabino ya no iba acompañada de lágrimas, como la de su madre.
La gran red miraba a Ozzie fijamente como un ojo ciego. El gran cielo encapotado empujaba hacia abajo. Desde abajo parecía una chapa ondulada gris. De repente, al mirar ese cielo indiferente, Ozzie comprendió extrañado lo que esa gente, sus amigos, pedía: querían que saltara, que se matara; lo cantaban: tan felices los hacía. Y había otra cosa más extraña: el rabino Binder estaba de rodillas, temblando. Si había algo que preguntarse ahora no era “¿soy yo?”, sino “¿somos nosotros?... ¿somos nosotros?”
Resultó que estar en el tejado era cosa seria. Si saltaba, ¿se convertirían los cantos en baile? ¿Lo harían? ¿Con qué acabaría el salto? Ansiosamente Ozzie deseó poder rajar el cielo, hundir en él las manos y sacar al sol; y el sol, como una moneda, llevaría impreso saltar o no saltar.
Las rodillas de Ozzie se balanceaban y doblaban como si le estuvieran preparando para zambullirse. Se le tensaron los brazos, rígidos, congelados, desde los hombros hasta la punta de los dedos. Sintió como si cada parte de su cuerpo fuera a votar si debía matarse o no… como si cada parte fuera independiente de él.
La luz dio un chasquido inesperado y la nueva oscuridad, como una mordaza, acalló el canto de los amigos por un lado y la letanía de la madre y el rabino por el otro.
Ozzie paró de contar votos, y con una voz curiosamente aguda, como la de alguien que no estuviera listo para pronunciar un discurso, habló.
—¿Mamá?
—Sí, Oscar.
—Mamá, arrodíllate, como el rabino Binder.
—Oscar…
—Arrodíllate —le dijo— o salto.
Ozzie oyó un quejido, luego un ruido rápido de ropas, y cuando miró abajo hacia donde estaba su madre vio la coronilla de una cabeza y un círculo de vestido por debajo. Estaba arrodillada junto al rabino Binder.
Ozzie habló de nuevo.
—¡Todo el mundo de rodillas!
Se oyó a todo el mundo arrodillarse.
Ozzie miró alrededor. Con una mano señaló hacia la entrada de la sinagoga.
—¡Haced que se arrodille!
Siguió un ruido, no de gente arrodillándose, sino de miembros y ropa estirándose. Ozzie oyó al rabino Binder susurrar con brusquedad “…o se matará” y cuando volvió a mirar, Yakov Blotnik había soltado el pomo de la puerta y por primera vez en su vida estaba de rodillas en la postura gentil para orar.
En cuanto a los bomberos… no es tan difícil como cabría imaginar sostener una red de rodillas.
Ozzie volvió a mirar alrededor; y luego llamó al rabino Binder.
—¿Rabino?
—Sí, Oscar.
—¿Cree en Dios, rabino Binder?
—Sí.
—¿Cree que Dios puede hacer cualquier cosa? —Ozzie asomó la cabeza en la oscuridad—. ¿Cualquier cosa?
—Oscar, yo creo que…
—Dígame que cree que Dios puede hacer cualquier cosa.
Siguió un segundo de duda. Luego:
—Dios puede hacer cualquier cosa.
—Dígame que Dios puede hacer un niño sin que haya relaciones sexuales.
—Puede.
—¡Que me lo diga!
—Dios —admitió el rabino Binder— puede hacer un niño sin que haya relaciones sexuales.
—Haga que lo diga él. —No cabía duda sobre quién era él.
Pasado un momento, Ozzie oyó una cómica voz de viejo decirle algo a la oscuridad creciente acerca de Dios.
A continuación Ozzie hizo que todos lo dijeran. Y luego les hizo decir que creían en Jesucristo: primero uno por uno y luego todos juntos.
Cuando acabó la catequesis caía la noche. Desde la calle pareció que el chico del tejado suspiraba.
—¿Ozzie? —se atrevió a decir una voz femenina—. ¿Ahora bajarás?
No hubo respuesta, pero la mujer esperó, y cuando por fin una voz contestó se oyó débil y llorosa, cansada como la de un viejo que acabara de tañer las campanas.
—Mamá, ¿no lo comprendes? No deberías pegarme. Él tampoco debería pegarme. No deberías pegarme por Dios, mamá. No deberías pegarle a nadie por Dios…
—Ozzie, por favor, baja.
—Prométemelo, prométeme que no le pegarás nunca a nadie por Dios.
Sólo se lo había pedido a su madre pero, por alguna razón, todos los que estaban arrodillados en la calle prometieron que nunca le pegarían a nadie por Dios.
Una vez más, se hizo el silencio.
—Ahora puedo bajar, mamá —dijo por fin el chico del tejado. Miró a ambos lados como si comprobara los semáforos de la calle—. Ahora puedo bajar…
Y lo hizo, justo en el centro de la red amarilla que brillaba en el filo de la noche como una aureola demasiado grande.



Cuarta Tarea


¿Qué tal? Genial, ¿verdad?
Hoy por hoy, Philip Roth es mi autor preferido. Siempre que le leo busco las claves de sus textos y creo que últimamente estoy averiguándolo: aparte de buenos temas y mucha, mucha, inteligencia, se despreocupa de las descripciones de los entornos (excepto lo imprescindible) y lo cuenta todo por medio de ideas, acciones de los personajes y diálogos. En uno de sus últimos libros, “Sale el espectro”, define su forma de escritura en una carta. En ella empieza diciendo: “Hubo un tiempo en que las personas inteligentes utilizaban la literatura para pensar. Esa época está llegando a su fin”. Luego se queja de la literatura banal y es entonces cuando comenta: “La narrativa seria elude la paráfrasis y la descripción, obligando así a recurrir al pensamiento”. Esta es una de sus características principales. Pero ese no es tu trabajo para el próximo relato.
Tienes que hacer (es el ejercicio más fácil) un relato con un narrador externo omnisciente, esto es, un narrador que narra en tercera persona, desde fuera, y que sabe lo que piensan y sienten todos los personajes. Si te fijas en este relato, se sabe lo que piensa el niño y la madre y el rabino. Es el narrador clásico del siglo XIX, que actúa como un dios: lo sabe todo de todos. Además de esto, tienes que trabajar mucho el diálogo. Sólo estas dos condiciones: narrador externo omnisciente y diálogo. Si quieres puedes probar lo de hacer pocas descripciones y dejar todo el peso a las acciones y palabras de los personajes. (Recuerda que el narrador no puede opinar porque parecería él un personaje). Y fíjate cómo puestos a contar una anécdota consigue que la anécdota tenga un calado filosófico final de gran envergadura.
Dedícale tiempo. No escribas apresuradamente.

jueves, 5 de abril de 2018

-TERCERA SESIÓN

Hoy trataremos dos elementos técnicos:
Escribir con Narrador Externo Alter Ego, y
Narrar en presente.

Te animo a que a continuación leas el magnífico relato de Tobias Wolff titulado “El otro Miller”. Cuando lo leas te lo comentaré y pondremos la siguiente tarea.

El otro Miller, de Tobias Wolf



TOBIAS WOLFF

El otro Miller



Miller lleva dos días de pie bajo la lluvia esperando, junto al resto de la Compañía Bravo, que unos hombres de otra compañía aparezcan tambaleantes en la pista forestal donde ellos, los de la Bravo, aguardan emboscados. Cuando suceda esto, si llega a suceder, Miller sacará la cabeza del agujero donde está escondido y disparará todo el cargador de fogueo en dirección a la pista. Y lo mismo hará el resto de la Compañía Bravo. Y una vez hecho, saldrán de sus agujeros, se subirán a los camiones y volverán a la base.
Ese es el plan.
Miller no cree que vaya a funcionar. Todavía no ha visto un plan que funcione, y éste tampoco lo hará. Su escondrijo tiene varios centímetros de agua. Ha de mantenerse de pie en unos pequeños salientes que ha excavado en las paredes, pero la tierra es muy arenosa y éstos se derrumban continuamente. Lo que significa que tiene las botas empapadas. Además sus cigarrillos están húmedos. Además la primera noche de maniobras, masticando uno de los caramelos que se había traído para combatir el agotamiento, se le rompió el puente que tiene en los molares. Le ataca los nervios cómo se levanta y rechina cuando lo toca con la lengua, pero anoche perdió toda su fuerza de voluntad y ahora no puede evitar estar todo el rato tocándolo.
Cuando piensa en la otra compañía, sobre la que se supone que van a caer ellos, Miller ve una columna de hombres secos, recién comidos, alejándose del agujero donde él los aguarda. Los ve moverse fácilmente con unos ligeros macutos a la espalda. Los ve parándose a descansar y a fumar un pitillo, estirándose sobre fragantes hojas de pino, bajo los árboles, y el murmullo de sus voces haciéndose más y más tenue conforme se van quedando dormidos.
Esta es la pura verdad, por Dios que es verdad. Miller lo sabe igual que sabe que va a pescar un resfriado, porque siempre tiene esa mala suerte. Si él estuviera en la otra compañía, serían ellos los que estarían metidos en estos agujeros.
Miller hurga con la lengua en el puente roto y siente una punzada de dolor. Se pone rígido, le arden los ojos, aprieta los dientes contra el aullido que intenta escaparse de su garganta. Lo domina y observa a los hombres a su alrededor. Los pocos que alcanza a ver están aturdidos y pálidos. Del resto sólo distingue las capuchas de los ponchos, que sobresalen del suelo como si fueran rocas con forma de proyectil.
En este momento, con la mente en blanco a causa del dolor, Miller oye cómo rebota la lluvia en su propio poncho. Y luego oye el zumbido estridente de un motor. Un jeep se acerca por la pista, salpicando, patinando de lado a lado y lanzando una estela de goterones de barro. El propio jeep está cubierto de barro. Se desliza hasta detenerse frente a la posición de la Compañía Bravo y toca el claxon dos veces.
Miller mira alrededor para ver qué hacen los otros. Nadie se ha movido. Todos siguen de pie en sus agujeros.
El claxon vuelve a sonar.
Una pequeña figura emerge de entre unos árboles un poco más allá. Miller sabe que es el sargento por su estatura, tan corta que el poncho le llega casi hasta los tobillos. El sargento camina lentamente hacia el jeep; sus botas están completamente embarradas. Cuando llega junto al vehículo, introduce la cabeza por la ventanilla; un momento después la saca. Mira al suelo y da un puntapié a uno de los neumáticos, como si se hubiera concentrado para hacerlo. Luego alza la vista y grita el nombre de Miller.
Miller se lo queda mirando. Hasta que el sargento no vuelve a gritar su nombre, Miller no empieza la dura tarea de salir del escondrijo. Los otros hombres alzan sus pálidas caras para verlo cuando él pasa renqueante junto a sus agujeros.
—Acércate, muchacho —le dice el sargento. Se aleja un poco del jeep y le hace un gesto con la mano.
Miller lo sigue. Pasa algo. Miller lo sabe porque el sargento lo ha llamado «muchacho» en lugar de «pedazo de animal». Ya ha empezado a sentir un ardor en el lado izquierdo, donde tiene la úlcera.
El sargento mira al suelo.
—El caso es —empieza a decir. Se para y se vuelve hacia Miller—. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Carajo! ¿Sabías que tu madre estaba enferma?
Miller no dice nada, se limita a apretar los labios.
—Debía de estar enferma, ¿no?
Miller sigue callado y el sargento continúa:
—Falleció anoche. Te acompaño en el sentimiento.
Alza la vista y mira a Miller con tristeza, y Miller ve que la mano derecha del sargento empieza a elevarse por debajo del poncho y luego vuelve a caer al lado del cuerpo. Miller se da cuenta de que el sargento quiere darle unas varoniles palmadas en la espalda, pero el movimiento no llega a cuajar. Sólo se puede hacer esto si se es más alto o al menos se tiene la misma estatura que el otro.
—Estos chicos te llevarán a la base —le dice el sargento señalando al jeep con la barbilla—. Cuando llegues, llamas a la Cruz Roja y ellos se encargarán del resto. Intenta descansar un poco —añade, y luego se aleja en dirección a los árboles.
Miller recupera su equipo. Uno de los hombres junto a los que pasa en su camino de vuelta al jeep le dice:
—¡Eh, eh, Miller! ¿Qué ha sucedido?
Miller no contesta. Teme que si abre la boca empezará a reírse y lo echará todo a perder. Se sube al jeep con la cabeza gacha y los labios apretados y no levanta la vista hasta que no han dejado atrás la compañía, como a un kilómetro o así. El grueso cabo que va sentado al lado del conductor lo observa.
—Siento lo de tu madre —dice—. Eso sí que es un buen bajón.
—Lo que más —dice el conductor, que también es cabo. Le lanza una rápida mirada por encima del hombro.
Por un instante Miller ve su propia cara reflejada en las gafas de sol del conductor.
—Algún día tenía que suceder —susurra, y vuelve a bajar la vista.
A Miller le tiemblan las manos. Se las mete entre las rodillas y mira a través del plástico de la ventanilla los árboles que van dejando atrás. La lluvia tamborilea en la lona del techo. Él está a cubierto, y el resto sigue ahí fuera. Miller no puede dejar de pensar en los otros, de pie, empapándose bajo la lluvia, y ese pensamiento le da ganas de reírse y de golpearse la pierna. Nunca había tenido tanta suerte en su vida.
—Mi abuela murió el año pasado —dice el conductor—. Pero, claro, no es lo mismo que perder a una madre. Lo siento, Miller.
—No os preocupéis por mí —dice Miller—. Lo superaré.
El cabo gordo le dice:
—Mira, no creas que tienes que reprimirte por nosotros. Si tienes ganas de llorar o cualquier cosa, no te cortes. ¿No es verdad, Leb?
El conductor asiente con la cabeza.
—Suéltalo todo.
—No os preocupéis —dice Miller.
Le gustaría dejarles claro a estos tíos que no tienen que sentirse en la obligación de mostrarse afligidos todo el camino hasta Ford Ord. Pero si les contara lo que ha sucedido, darían la vuelta y lo devolverían a su agujero.
Miller sabe lo que ha sucedido. Hay otro Miller en el batallón con las mismas iniciales que él, W. P., y a este Miller es al que se le ha muerto la madre. Siempre están confundiendo su correo, y ahora la han liado con esto. Miller se hizo una idea clara del asunto en cuanto el sargento empezó a preguntarle por su madre.
Por una vez, todo el mundo está fuera y él está a cubierto. A cubierto, camino de una buena ducha, ropa seca, una pizza y un catre caliente. Ni siquiera ha tenido que hacer algo malo para conseguirlo. Ha hecho lo que le han dicho. El error era de ellos. Mañana descansará como le ha dicho el sargento que haga, irá a la enfermería por lo del puente y, tal vez, por qué no, al cine a la ciudad. Luego llamará a la Cruz Roja. Para cuando se aclare todo, será demasiado tarde para mandarlo de vuelta a las maniobras. Y lo mejor de todo es que el otro Miller no lo sabrá. El otro Miller tendrá todo un día más para pensar que su madre está viva. Incluso se podría decir que le está haciendo el favor de mantenerla viva.
El hombre sentado al lado del conductor se vuelve de nuevo y observa a Miller. Tiene unos ojos pequeños y oscuros en una cara grande, blanca, perlada de sudor. En su placa dice que se apellida Kaiser. Mostrando unos dientes pequeños y cuadrados, infantiles, dice:
—Lo estás llevando muy bien, Miller. La mayoría de los tíos se derrumban al enterarse.
—Yo también me derrumbaría —dice el conductor—. Cualquiera se derrumbaría. Es humano, Kaiser.
—Claro —dice Kaiser—. No estoy diciendo que yo sea diferente. Ése será el peor día de mi vida, el día que muera mi madre. —Parpadea rápidamente, pero no antes de que Miller vea cómo se empañan sus ojos diminutos.
—Todos tenemos que irnos —dice Miller—, antes o después. Esa es mi filosofía.
—Qué fuerte —dice el conductor—. Profundo de verdad.
Kaiser lo mira fijamente y le dice:
—Tranquilo, Lebowitz.
Miller se inclina sobre el asiento delantero. Lebowitz es un apellido judío. Eso significa que Lebowitz debe de ser judío. A Miller le gustaría preguntarle por qué está en el ejército, pero teme que Lebowitz se lo tome a mal. En su lugar le pregunta con un tono informal:
—No se ven muchos judíos hoy en día en el ejército.
Lebowitz mira al retrovisor. Sus gruesas cejas se arquean sobre las gafas de sol, luego mueve la cabeza y dice algo que Miller no llega a percibir.
—Tranquilo —repite Kaiser. Se vuelve hacia Miller y le pregunta que dónde tendrá lugar el funeral.
—¿Qué funeral? —dice Miller.
Lebowitz se echa a reír.
—¡Joder, tío! —exclama Kaiser—. ¿Es que nunca has oído hablar de eso que se llama stock?
Lebowitz se queda callado un momento. Luego vuelve a mirar al retrovisor y dice:
—Lo siento, Miller. Se me ha ido la olla.
Miller se encoge de hombros. En sus prospecciones bucales, la lengua presiona el puente con demasiada fuerza, y eso le obliga a contraerse súbitamente.
—¿Dónde vivía tu madre? —pregunta Kaiser.
—En Redding —contesta Miller.
Kaiser asiente.
—Redding —repite.
No deja de mirar a Miller, lo mismo que Lebowitz, que tiene la vista dividida entre el retrovisor y la carretera. Miller se da cuenta de que esperaban un tipo de actuación diferente a la que él les está ofreciendo, más emotiva y todo eso. Ya han visto a otros soldados perder a sus madres mientras estaban movilizados y tienen unos estándares a los que él no parece conformarse. Mira por la ventanilla. Están atravesando un puerto. A la izquierda de la carretera se ven parches de azul entre los árboles; luego llegan a una zona sin árboles y Miller ve el mar abajo, despejado hasta el horizonte bajo un intenso cielo azul. Salvo por algunos jirones de niebla en las copas de los árboles, han dejado las nubes atrás, en las montañas, sobre los soldados allí apostados.
—No me malinterpretéis —dice Miller—. Me apena mucho que haya muerto.
—Eso es lo que tienes que hacer. Echarlo fuera —dice Kaiser.
—Sencillamente no la conocía muy bien —dice Miller, y tras esta monstruosa mentira le invade una sensación de ingravidez. Al principio le resulta incómoda, pero casi inmediatamente empieza a disfrutarla. A partir de este momento puede decir cualquier cosa. Pone cara de tristeza—. Supongo que estaría más deshecho y todo eso si no nos hubiera abandonado como lo hizo. A mitad de la cosecha. Se largó sin más.
—Oigo un montón de rabia en tus palabras —le dice Kaiser—. Venga, sácalo todo. Reconócelo.
Miller lo ha sacado todo de una canción, pero ya no se acuerda de más. Baja la cabeza y se mira la puntera de las botas.
—Acabó con mi padre —dice pasado un rato—. Le rompió el corazón. Y me quedé yo con cinco hermanos, todavía chicos, que criar, además de atender la granja.
Miller cierra los ojos. Ve el sol poniéndose por detrás de un campo labrado y una banda de chavales avanzando entre los surcos con rastrillos y azadones al hombro. Mientras el jeep traza las cerradas curvas de la bajada del puerto, él les va describiendo las dificultades por las que tuvo que pasar como hermano mayor de la familia. Cuando llegan a la autopista de la costa y giran en dirección norte, pone fin a su historia. El jeep deja de traquetear y de colear. Ganan velocidad. Los neumáticos susurran suavemente en el asfalto. El aire silba una sola nota contra la antena de la radio.
            —En cualquier caso —dice Miller—, hace dos años que no recibo una carta de ella.
            —Parece de película —dice Lebowitz.
            Miller no está muy seguro de cómo tomárselo. Espera a ver qué más dice, pero Lebowitz se queda callado. Igual que Kaiser, que hace ya varios minutos que le he dado la espalda. Los dos tienen la vista clavada en la carretera. Miller se da cuenta de que han perdido interés. Se queda muy decepcionado, porque él se lo estaba pasando en grande tomándoles el pelo.
            Una de las cosas que les contó es cierta: hace dos años que no recibe una carta de su madre. Al principio de entrar en el ejército le escribió mucho, al menos una vez por semana, a veces dos, pero Miller le enviaba todas las cartas de vuelta sin abrir, y pasado un año, ella desistió. Intentó telefonearlo unas cuantas veces, pero él no se ponía al teléfono, de modo que también desistió de llamar. Miller quiere que entienda que su hijo no es de los que ponen la otra mejilla. Es un hombre serio. Si lo enfadas, lo pierdes.
            La madre de Miller lo enfadó al casarse con un hombre con el que no debería haberse casado. Phil Dove. Dove era el profesor de biología del instituto. Miller tenía problemas en clase y su madre fue a hablar con Dove y terminó prometida con él. Cuando Miller intentaba hacerla entrar en razón, ella se negaba a escuchar. Por su forma de actuar se diría que había pescado a un pez gordo en lugar de a alguien que tartamudeaba al hablar y se pasaba la vida diseccionando cangrejos.
            Miller hizo todo lo que pudo para impedir la boda, pero su madre estaba ciega. No quería darse cuenta de lo que tenía, de lo bien que estaban los dos sin necesidad de nadie más. A él esperándola infaliblemente en casa, con una cafetera recién hecha, cuando ella volvía del trabajo. Los dos tomándose el café y charlando de cualquier cosa o, tal vez, sin decir nada, sencillamente sentados hasta que la cocina se quedaba en penumbra y sonaba el teléfono o el perro empezaba a quejarse para que lo sacaran. Pasear al perro por el depósito de agua. Volver y cenar lo que les apetecía, a veces nada, a veces lo mismo tres o cuatro días seguidos, viendo los programas de la tele que les gustaban y yéndose a la cama cuando querían y no porque lo quería otra persona. Sencillamente el hecho de estar los dos en su propia casa.
            Phil Dove confundió tanto a su madre que ésta olvidó lo buena que era su vida. Se negaba a ver que lo estaba echando todo a perder.
            "Tú terminarás yéndote, en cualquier caso", le decía ella. "Te irás el año que viene o el otro".
            Lo que mostraba lo equivocada que estaba con respecto a él, porque él nunca la habría dejado, nunca, por nada del mundo. Pero cuando él decía esto, ella se reía como si supiera algo que él no sabía, como si él no hablara en serio. Pero él hablaba en serio. Hablaba en serio cuando le prometía que no se iría y hablaba en serio cuando prometía que nunca volvería a dirigirle la palabra si se casaba con Phil Dove.
            Ella se casó. Miller se quedó en un motel esa noche y las dos siguientes, hasta que se le acabó el dinero. Entonces se alistó en el ejército. Sabía que eso iba a afectarla, porque todavía le faltaba un mes para terminar en el instituto y porque su padre había muerto estando en el ejército. No en Vietnam, sino en Georgia, en un accidente. Se le cayó encima el contenedor lleno de agua hirviendo en el que él y otro hombre estaban sumergiendo la loza del comedor. Miller tenía seis años por entonces. Después de eso, a la madre de Miller le entró un odio feroz por el ejército, no porque su marido hubiera muerto —ella sabía de la guerra a la que se iba él, sabía de las emboscadas y de los terrenos minados—, sino por la forma en que había sucedido. Decía que el ejército ni siquiera logra que los hombres mueran de una forma digna.
            Tenía razón, además. El ejército era exactamente tan malo como ella pensaba, o peor. Te pasabas todo el tiempo esperando. Llevabas una existencia completamente estúpida. Miller la detestaba, minuto a minuto, pero había cierto placer en ese odio porque pensaba que su madre debía de saber lo desgraciado que era. Y ese conocimiento le causaría un gran dolor. Nunca sería tanto, sin embargo, como el dolor que ella le había causado, un dolor que se expandía de su corazón a su estómago, a sus dientes y a todo el resto del cuerpo, pero era el peor dolor que él podía causarle y serviría para que ella lo tuviera siempre presente.

Kaiser y Lebowitz se describen uno al otro sus hamburguesas favoritas. Su idea de la hamburguesa perfecta. Miller intenta no escuchar, pero sus voces no desaparecen, y pasado un rato no puede pensar en nada más que en filetes de carne picada, tomate y mostaza y filetes de carne picada entrecruzados con las marcas de la plancha, humeantes, con cebolla dorada por encima. Está a punto de pedirles que cambien de tema cuando Kaiser se vuelve y dice:
            —¿Qué? ¿Hay “gusa”?
            —No sé —responde Miller—. Supongo que algo me entraría.
            —Estábamos pensando en hacer una paradita. Pero si quieres que continuemos, no tienes más que decirlo. Tú eres el dueño de la situación. Quiero decir, técnicamente, se supone que tenemos que llevarte directamente a la base.
            —Podría tomar algo —dice Miller.
            —Así se hace. En momentos como éstos hay que conservar las fuerzas.
            —Podría tomar algo —vuelve a decir Miller.
            Lebowitz alza la vista al retrovisor, mueve la cabeza y vuelve a mirar a la carretera.
            Toman el siguiente cambio de sentido y se dirigen tierra adentro hasta un cruce donde hay dos gasolineras enfrente de dos restaurantes. Uno de los restaurantes tiene los cierres echados, así que Lebowitz se mete en el aparcamiento del Dairy Queen, al otro lado de la carretera. Apaga el motor, y los tres hombres permanecen sentados, inmóviles en el repentino silencio. Entonces Miller oye a lo lejos el sonido de un metal golpeando otro metal, el graznido de un cuervo, el crujido de Kaiser rebulléndose en el asiento. Un perro ladra delante de un remolque medio oxidado aparcado al lado. Un perro flaco, blanco y con los ojos amarillos. Ladra y se rasca al mismo tiempo, levantando una pata temblorosa, contra un cartel que muestra la palma de una mano y bajo ésta la leyenda: “CONOZCA SU FUTURO”.
            Se bajan del jeep y Miller cruza el aparcamiento detrás de Kaiser Y Lebowitz. El aire es caliente y huele a combustible. En la gasolinera, al otro lado de la carretera, un hombre de piel rosada, en bañador, intenta hinchar las ruedas de una bicicleta, tirando de la goma y maldiciendo a voces. Miller mueve con la lengua el puente roto, lo levanta ligeramente. Considera si debe intentar comerse una hamburguesa y decide que mientras tenga el cuidado de masticar con el otro lado no tiene por qué dolerle.
            Pero le duele. Después de un par de bocados, Miller aparta su plato a un lado. Con la barbilla descansando en una mano, escucha a Lebowitz y a Kaiser discutir sobre si se puede de verdad predecir el futuro. Lebowitz habla de una chica que conocía que tenía poderes.
            —Por ejemplo. Íbamos en el coche —dice—, y de pronto ella me decía exactamente lo que yo estaba pensando. Era increíble.
            Kaiser se termina la hamburguesa y bebe un sorbo de leche.
            —No es para tanto. Yo también podría. —Arrastra hasta su lado de la mesa la hamburguesa de Miller y le da un bocado.
            —Pues venga —dice Lebowitz—. Inténtalo. No estoy pensando en lo que tú crees que estoy pensando.
            —Sí, sí que lo estás.
            —Ahora sí —dice Lebowitz—, pero antes no.
            —Yo no dejaría que una vidente se me acercara siquiera —dice Miller—. Cuanto menos sepas, mejor estás, al menos así lo veo yo.
            —Más filosofía casera de la cosecha privada de W. P. Miller —dice Lebowitz. Mira a Kaiser, que se está terminando la hamburguesa de Miller—. Venga, ¿por qué no? Yo estoy dispuesto, si tú quieres.
            Kaiser mastica como un rumiante. Traga y se limpia los labios con la lengua.
            —Pues sí —dice—. ¿Por qué no? Siempre que aquí al compañero no le importe.
            —Importarme ¿qué? —pregunta Miller.
            Lebowitz se levanta y se pone las gafas de sol.
            —No te preocupes por Miller. Miller es un hombre tranquilo. Miller mantiene la cabeza sobre los hombros cuando a su alrededor todo el mundo ha perdido la suya.
            Kaiser y Miller se levantan de la mesa y siguen a Lebowitz afuera. Lebowitz se endereza y los tres cruzan el aparcamiento.
            —En realidad yo casi preferiría que siguiéramos camino —dice Miller.
            Cuando llegan al jeep se para, pero Lebowitz y Kaiser continúan.
            —¡Eh, escuchad! Tengo que hacer muchas cosas —les dice sin que los otros se vuelvan—. Tengo que llegar a casa.
            —Ya sabemos lo destrozado que estás —le dice Lebowitz, y sigue andando.
            —No tardaremos nada —dice Kaiser.
            El perro ladra una vez y luego, cuando ve que pretenden ponerse al alcance de sus dientes, rodea el remolque corriendo. Lebowitz llama a la puerta. Ésta se abre y aparece una mujer de cara redonda con unos ojos oscuros y hundidos y unos labios carnosos. Tiene un ligero estrabismo; un ojo parece que está mirando algo situado a su lado, mientras que el otro mira a los tres soldados que están en la puerta. Tiene las manos cubiertas de harina. Es gitana; gitana de verdad. Es la primera vez que Miller ve gitanos de verdad, pero la reconoce como reconocería a un lobo si alguna vez se encontrara con uno. Su presencia le hace hervir la sangre en las venas. Si él viviera en este lugar, volvería por la noche con más hombres, gritando y con antorchas en la mano, y la echarían de allí.
            —¿Está de servicio ahora? —pregunta Lebowitz.
            Ella asiente, limpiándose las manos en la falda. Éstas dejan unos surcos blancos en el colorido patchwork.
            —¿Los tres? —pregunta.
            —¿Usted qué cree? —pregunta Kaiser. Habla en un tono extrañamente alto.
            La mujer vuelve a asentir y su ojo sano pasa de Lebowitz a Kaiser y de Kaiser a Miller. Se queda mirando a este último, sonríe, arroja una sarta de palabras inconexas e incomprensibles, o tal vez un hechizo, como si esperara que Miller lo entendiera. Tiene uno de los dientes delanteros completamente negro.
            —No —dice Miller—. Yo no, señora. Yo no. —Y niega con la cabeza.
            —Pasen —dice la mujer poniéndose a un lado. Lebowitz y Kaiser suben los escalones y desaparecen en el interior del remolque—. Pase —repite. Y moviendo sus manos todavía blanquecinas de harina le hace un gesto para que entre.
            Miller retrocede, sin dejar de agitar la cabeza.
            —Déjeme —le dice a la mujer, y antes de que ésta pueda contestar se vuelve y se aleja.
            Vuelve al jeep y se sienta al volante con las puertas abiertas para que entre el aire. Miller siente cómo el calor va absorbiendo la humedad de su ropa de faena. Huele a la lona mohosa del techo del jeep y a su cuerpo agrio. Al otro lado del parabrisas, que está cubierto de barro salvo por un par de sucios semicírculos situados en cada extremo, ve a tres chicos orinando solemnemente contra la pared de la gasolinera.
            Miller se inclina para aflojarse las botas. Peleando con los cordones húmedos se le agolpa la sangre en la cara y su respiración se acelera.
            —Joder con los cordones —dice—. Maldita lluvia.
            Consigue deshacer los nudos y se sienta derecho, jadeando. Mira al remolque. Maldita gitana.
            No puede creerse que esos dos idiotas hayan entrado de veras. Venga a largar y a hacer el tonto. Eso demuestra lo imbéciles que son, porque todo el mundo sabe que no se juega con los videntes. No hay forma de saber lo que podría decir un vidente, y una vez dicho ya no se puede impedir que suceda. Después de oír lo que te aguarda ahí fuera, deja de estar ahí fuera, está aquí dentro. Para eso también podrías abrirle la puerta a un asesino.
            El futuro. ¿Es que no sabía ya todo el mundo lo bastante del futuro sin tener que andar profundizando en los detalles? Sólo hay que saber una cosa sobre el futuro: todo va a peor. Sabido esto, lo sabes todo. Asusta pensar en los datos concretos.
            Miller no tiene intención de pensar en los datos concretos. Se quita los calcetines empapados y se da un masaje en los pies, cuya blanca piel está completamente arrugada por la humedad. De vez en cuando alza la vista y mira al remolque, en donde la gitana está vaticinando el destino de Kaiser y Lebowitz. Miller canturrea unas notas. No pensará en el futuro.
            Porque es verdad: todo va a peor. Un día estás sentado delante de tu casa metiendo palitos en un hormiguero, oyendo el tintineo de los cubiertos y las voces de tu madre y tu padre charlando en la cocina; y al día siguiente una de las voces ha desaparecido. Y no vuelves a oírla. El paso de hoy a mañana es una emboscada.
            Da miedo pensar en lo que te aguarda. Miller ya tiene una úlcera, y las muelas llenas de agujeros. Su cuerpo ha empezado a avisarlo. ¿Qué pasará cuando tenga sesenta años? ¿O incluso dentro de cinco? Hace unos días, Miller vio en un restaurante a un tío de su edad, más o menos, en una silla de ruedas; una mujer le daba cucharadas de sopa mientras hablaba con las otras personas sentadas a la mesa. Las manos del chico descansaban enroscadas sobre su regazo, como un par de guantes que alguien hubiera dejado allí por descuido. El pantalón se le había subido casi hasta la rodilla, dejando ver una pierna pálida, inservible, con la carne pegada al hueso. Apenas podía mover la cabeza. La mujer que le daba de comer estaba demasiado entretenida charloteando con sus amigos y apenas reparaba en dónde metía la cuchara. La mitad de la sopa iba a parar a la camisa del chico. Éste tenía, sin embargo, unos ojos brillantes y una mirada alerta. Miller pensó: «Eso podría sucederme a mí».
            Podías encontrarte estupendamente y de pronto un día, sin que hicieras nada especial, un fallo en la circulación sanguínea te afectaba una zona del cerebro. Dejándote así. Y si no te sucedía al instante, te acabaría sucediendo sin duda a la larga, lentamente. Ése era el fin al que estabas destinado.
            Miller moriría un día. Lo sabe y se enorgullece de saberlo cuando todos los demás sólo fingen que lo saben, porque en secreto creen que vivirán para siempre. Pero ésa no es la razón por la que cree que no se puede pensar en el futuro. Hay algo todavía peor que eso, algo que no se debe tener en cuenta y que él no tendrá en cuenta.
            No lo tendrá en cuenta. Miller se reclina en el asiento y cierra los ojos, pero todos sus esfuerzos por adormecerse fracasan; detrás de sus párpados está completamente espabilado, nervioso y triste, buscando en contra de su voluntad aquello que teme encontrar, hasta que no le sorprende encontrarlo. Una simple verdad. Su madre también va a morir. Como él. Y no se puede saber cuándo. Miller no puede dar por supuesto que estará esperándolo para recibir su perdón cuando él finalmente decida que ya la ha hecho sufrir bastante.
            Miller abre los ojos y mira las desnudas formas de los edificios al otro lado de la carretera, cuyos contornos se difuminan en la suciedad del parabrisas. Vuelve a cerrar los ojos. Oye su respiración y siente el dolor conocido, casi muscular, de saber que está fuera del alcance de su madre. Que se ha colocado donde su madre no puede verlo ni hablarle ni tocarlo de esa manera suya, poniéndole descuidadamente las manos en los hombros cuando pasa por detrás de donde está él sentado y le pregunta algo o sencillamente se para perdida en sus pensamientos. Se supone que ésta ha sido su forma de castigarla, pero en realidad se ha convertido en un castigo para él. Comprende que tiene que acabar con aquello. Lo está matando.
            Tiene que acabar con aquello, y como si llevara todo aquel tiempo planeando ese día, Miller sabe exactamente lo que hará. En lugar de dirigirse a la Cruz Roja al llegar a la base, preparará su petate y cogerá el primer autobús de vuelta a casa. Nadie le culpará por ello. Ni siquiera cuando descubran el error que han cometido, porque es lo natural en un hijo afligido por la muerte de su madre. En lugar de castigarlo, probablemente le pedirán disculpas por haberle dado semejante susto.
            Tomará el primer autobús, aunque no sea un exprés. Irá lleno de mexicanos y de soldados. Miller se sentará junto a una ventanilla y dormitará. De vez en cuando saldrá de sus ensoñaciones y contemplará las verdes colinas y la rica tierra de los sembrados y las estaciones en las que entra el autobús, unas estaciones envueltas en el humo de los tubos de escape y en el rugido de los motores, donde la gente al otro lado de la ventanilla le mirará atontada, como si también acabara de despertarse. Salinas. Vacaville. Red Bluff. Cuando llegue a Redding, Miller tomará un taxi. Le dirá al taxista que se pare en Schwartz y que le espere unos minutos mientras compra un ramo de flores, y luego continuará camino, bajando por Sutter hasta Serra, pasará por la discoteca, el instituto, la iglesia de los mormones. Torcerá a la derecha al llegar a Belmont. A la izquierda en Park. Inclinado entonces sobre el asiento delantero irá diciendo: «Un poco más allá, más allá, más allá, ahí, ésa de ahí es».
            El sonido de las voces en el interior cuando llama al timbre. Se abre la puerta, las voces se acallan. ¿Quién es toda esta gente? Hombres de traje, mujeres con guantes blancos. Alguien tartamudea su nombre; le suena extraño, casi olvidado. W-W-Wesley. Una voz masculina. Miller está en el umbral, huele a perfume. Entonces alguien le saca las flores de la mano y las deja con las otras en la mesita. Vuelve a oír su nombre. Es Phil Dove viniendo hacia él desde el otro extremo de la habitación. Avanza despacio, con los brazos extendidos, como un ciego.
            —Wesley —dice—. Gracias a Dios que ya has llegado.





Traducción de Pilar Vázquez